EDITORIAL: Sobre las limpiezas de los ríos y las inundaciones

EDITORIAL: Sobre las limpiezas de los ríos y las inundaciones

La muerte de un río se produce en su desembocadura. Las limpiezas de varios ríos que se han acometido recientemente son un maltrato que produce graves perjuicios a nuestras ya castigadas masas de agua dulce, ocasionando una defunción anticipada o, al menos, una enfermedad crónica. En lugar de pedir el abandono de estas prácticas, ¿por qué no seguimos el camino fácil y nos unimos a las voces que buscan la continuidad de las mismas?

Necesitamos más limpiezas de ríos, pero no solo de unos pocos, sino de todos y cada uno de los que recorren el territorio de Cantabria. Solicitemos las actuaciones tanto en los cursos principales como en sus afluentes, no discriminemos por su tamaño ni por su caudal. Al fin y al cabo, todos los ríos son potencialmente peligrosos y pueden desbordarse en cualquier momento.

Al mismo tiempo, y aprovechando que la maquinaria pesada ya se encuentra en las proximidades de los ríos –o en su interior– continuemos ejecutando otras obras totalmente necesarias y de eficacia demostrada en la prevención de inundaciones: escolleras, taludes o motas, por poner solo algunos ejemplos. Continuemos gastando dinero público en actuaciones que, por su carácter “de parche”, requerirán una repetición en años venideros.

Olvidemos que los ríos son sistemas vivos y, como tales, tienen sus demandas y necesidades. Nada comparable con los beneficios que nos reportan a los seres humanos, pues sin su existencia sería inviable desarrollar la vida tal y como la conocemos. Nuestra tendencia a domesticar aquello que se rebela a nuestro control total hace que canalicemos y pongamos obstáculos a los flujos de agua, y es aquí donde comienzan los problemas pues alteramos el equilibrio.

Obviemos que los ríos llevan millones de años en la Tierra, moldeando nuestros paisajes, fecundando las vegas y mieses donde nos asentamos y de las que comemos. No hagamos memoria para recordar que, poco a poco, hemos querido conquistar su espacio y que una zona inundable, ¡se inunda!.

Finalmente, talemos la vegetación de ribera, tan molesta, y sustituyámosla por márgenes de hormigón sobre los que plantaremos árboles y arbustos. Eso sí, si conseguimos aumentar la proliferación de especies invasoras y tener jardines exóticos en las riberas, mejor.

Con todo, podremos conseguir el objetivo que parece se pretende con semejantes actuaciones de “limpieza”: verdaderos canales, ya no podemos llamarlos ríos, muertos desde su nacimiento.